Foto de Fran
Enviado por Nebulosa
Este texto que me ha enviado mi compañero Nebulosa, me ha parecido muy esclarecedor para que entendáis un poco mejor los conflictos inconscientes que a veces tienen algunas chicas y nosotros mismos...
“Los hombres van a lo que van y ya no lo soporto. He vuelto a romper con Enrique”, dice Olga. “¿De verdad crees que todos son iguales? ¿Es que tú no lo pasas bien cuando estás con él?”, le responde María. Estas preguntas hacen dudar a Olga. Lo cierto es que no se había hecho muchas preguntas acerca de su participación en lo que le ocurría con Enrique. Olga no sabía bien por qué sus relaciones con los hombres tenían tantas dificultades, pero lo cierto es que siempre acababan mal. Se sentía utilizada y poco querida por ellos.
Conflicto inconsciente
Cuando terminaba una relación, siempre pensaba que era lo lógico. “Si es que los hombres van a lo que van”, se decía, repitiendo mecánicamente una frase que siempre estaba en boca de su madre y que condensaba toda la información que le había dado sobre las relaciones sexuales La película y sentimentales. Olga tenía mucho miedo al encuentro íntimo con un hombre, lo que le impedía unas relaciones sexuales gratificantes. Su rechazo provenía de las graves dificultades que tenía para identificarse con una madre que había sido frígida toda su vida, pero que nunca se preguntó por qué no disfrutaba.
El padre de Olga era un hombre que siempre se sintió inferior a su mujer y no pudo acercarse a su hija. Con unas características muy infantiles, comenzó a alcoholizarse, de modo que las discusiones nocturnas se volvieron habituales durante la infancia de Olga. Ella oía a su madre decirle que, si dejaba de beber, tendría lo que quería y si no, nada de nada. Olga se identificó con su madre y creció con la idea de que el gozo sexual era exclusivo de los hombres, mientras la mujer se limitaba a dejarse, como una obligación. La frase “los hombres van a lo que van” colocó a los hombres en este estereotipo. Este juicio previo, que Olga repite sin darse cuenta, sin haberlo pensado por sí misma, se apoya en un conflicto inconsciente que no ha podido resolver. La carencia de un padre que la valorara produjo en ella un resentimiento que evoca constantemente cuando se relaciona con un hombre.
Las personas con muchos prejuicios tienen un pensamiento muy primario, poca capacidad de autocrítica y una forma de ser bastante rígida. También tienen un alto grado de desconocimiento sobre sus procesos psíquicos y por ello se atreven a juzgar sumariamente a los demás, huyendo de sí mismos y poniendo en los otros lo que no soportan en su interior.
Necesitamos tener criterio y juicios sobre lo que nos pasa y también necesitamos entender lo que les ocurre a los otros. Con frecuencia, las personas que se pasan el día juzgando tienen conflictos en su mundo emocional y se valorarían muy severamente si conociesen los deseos inconscientes que se esconden tras esas opiniones rápidas.
Grado de sabiduría
Algunas conductas prejuiciosas son producto de la anulación de la capacidad reflexiva. Lo peor es que anulan también la capacidad para cuestionarse y preguntarse sobre las razones de lo que le sucede al otro. Para ello hay que soportar la incertidumbre de no saber, a priori y sin análisis, por qué el otro es como es. Aceptar la ignorancia que tenemos sobre la complejidad humana es un síntoma de salud mental, de ahí que se nos haya transmitido, como muestra de la sabiduría suprema, la expresión “sólo sé que no sé nada”. Vivir sin juzgar implicaría haber alcanzado un grado de sabiduría del que estamos muy lejos, pero hacia el que debemos tender.
Las claves
Éstos son los prejuicios más habituales en las relaciones:
• La misoginia: el rechazo hacia la mujer, provocado por el miedo a ser dominado por ella, procede de una imagen de mujer poderosa y controladora que existe en el psiquismo de ciertos hombres. Rechazan la sexualidad femenina porque no la entienden ni la pueden dominar. Se esconde tras frases cotidianas como: “No hay quien las entienda”.
• El rechazo a los hombres: si la mujer no ha elaborado su feminidad, pensará que no le aportan nada e invaden su espacio. Se sentirá utilizada y poco querida y verá en ello motivos para rechazarlos. En realidad, es ella la que no puede quererlos ni quererse.
• El racismo: proviene de la intolerancia a aceptar la diferencia con el otro y del desconocimiento de su cultura. Cuando juzgamos a los demás, nos falta conocimiento de nuestros procesos psicológicos y nos sobra inseguridad.
Pronto más...
¡Carpe Diem!
Fuente: Hoymujer
Enviado por Nebulosa
Este texto que me ha enviado mi compañero Nebulosa, me ha parecido muy esclarecedor para que entendáis un poco mejor los conflictos inconscientes que a veces tienen algunas chicas y nosotros mismos...
“Los hombres van a lo que van y ya no lo soporto. He vuelto a romper con Enrique”, dice Olga. “¿De verdad crees que todos son iguales? ¿Es que tú no lo pasas bien cuando estás con él?”, le responde María. Estas preguntas hacen dudar a Olga. Lo cierto es que no se había hecho muchas preguntas acerca de su participación en lo que le ocurría con Enrique. Olga no sabía bien por qué sus relaciones con los hombres tenían tantas dificultades, pero lo cierto es que siempre acababan mal. Se sentía utilizada y poco querida por ellos.
Conflicto inconsciente
Cuando terminaba una relación, siempre pensaba que era lo lógico. “Si es que los hombres van a lo que van”, se decía, repitiendo mecánicamente una frase que siempre estaba en boca de su madre y que condensaba toda la información que le había dado sobre las relaciones sexuales La película y sentimentales. Olga tenía mucho miedo al encuentro íntimo con un hombre, lo que le impedía unas relaciones sexuales gratificantes. Su rechazo provenía de las graves dificultades que tenía para identificarse con una madre que había sido frígida toda su vida, pero que nunca se preguntó por qué no disfrutaba.
El padre de Olga era un hombre que siempre se sintió inferior a su mujer y no pudo acercarse a su hija. Con unas características muy infantiles, comenzó a alcoholizarse, de modo que las discusiones nocturnas se volvieron habituales durante la infancia de Olga. Ella oía a su madre decirle que, si dejaba de beber, tendría lo que quería y si no, nada de nada. Olga se identificó con su madre y creció con la idea de que el gozo sexual era exclusivo de los hombres, mientras la mujer se limitaba a dejarse, como una obligación. La frase “los hombres van a lo que van” colocó a los hombres en este estereotipo. Este juicio previo, que Olga repite sin darse cuenta, sin haberlo pensado por sí misma, se apoya en un conflicto inconsciente que no ha podido resolver. La carencia de un padre que la valorara produjo en ella un resentimiento que evoca constantemente cuando se relaciona con un hombre.
Las personas con muchos prejuicios tienen un pensamiento muy primario, poca capacidad de autocrítica y una forma de ser bastante rígida. También tienen un alto grado de desconocimiento sobre sus procesos psíquicos y por ello se atreven a juzgar sumariamente a los demás, huyendo de sí mismos y poniendo en los otros lo que no soportan en su interior.
Necesitamos tener criterio y juicios sobre lo que nos pasa y también necesitamos entender lo que les ocurre a los otros. Con frecuencia, las personas que se pasan el día juzgando tienen conflictos en su mundo emocional y se valorarían muy severamente si conociesen los deseos inconscientes que se esconden tras esas opiniones rápidas.
Grado de sabiduría
Algunas conductas prejuiciosas son producto de la anulación de la capacidad reflexiva. Lo peor es que anulan también la capacidad para cuestionarse y preguntarse sobre las razones de lo que le sucede al otro. Para ello hay que soportar la incertidumbre de no saber, a priori y sin análisis, por qué el otro es como es. Aceptar la ignorancia que tenemos sobre la complejidad humana es un síntoma de salud mental, de ahí que se nos haya transmitido, como muestra de la sabiduría suprema, la expresión “sólo sé que no sé nada”. Vivir sin juzgar implicaría haber alcanzado un grado de sabiduría del que estamos muy lejos, pero hacia el que debemos tender.
Las claves
Éstos son los prejuicios más habituales en las relaciones:
• La misoginia: el rechazo hacia la mujer, provocado por el miedo a ser dominado por ella, procede de una imagen de mujer poderosa y controladora que existe en el psiquismo de ciertos hombres. Rechazan la sexualidad femenina porque no la entienden ni la pueden dominar. Se esconde tras frases cotidianas como: “No hay quien las entienda”.
• El rechazo a los hombres: si la mujer no ha elaborado su feminidad, pensará que no le aportan nada e invaden su espacio. Se sentirá utilizada y poco querida y verá en ello motivos para rechazarlos. En realidad, es ella la que no puede quererlos ni quererse.
• El racismo: proviene de la intolerancia a aceptar la diferencia con el otro y del desconocimiento de su cultura. Cuando juzgamos a los demás, nos falta conocimiento de nuestros procesos psicológicos y nos sobra inseguridad.
Pronto más...
¡Carpe Diem!
Fuente: Hoymujer



























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