Cibersolteros buscan el amor en Internet



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El amorío empezó con un sencillo anuncio por Internet. «Soy grande y fuerte, pero sensible y cariñoso», rezaba el «perfil personal» de bocadelobo, apodo electrónico del madrileño Curro Martínez, un «soltero de 40 años» aficionado al tango, la música soul y la poesía de Neruda.

A esa sabia edad, Curro, cuya cita favorita es «vive y dejar vivir», se encontraba sin novia. Era el road manager de una cantante que tenía (desgraciadamente para él y su vida amorosa) bastante éxito. El trabajo le obligaba a viajar seis meses al año, y ninguna chica. Curro había acumulado tres ex-novias para entonces pudo aguantar tanta ausencia.

Hasta que encontró a Pilar. Ocho meses después de que Curro colocara el anuncio (gratuito) en la Red, una sorpresa apareció en su buzón de correo electrónico.

«La verdad es que el tango no sé si me gusta», rezó el mensaje de Pilar, una catalana de 39 años, aficionada a los libros de Umberto Eco y Neruda. «Pero recuerdo uno que me entusiasmaba».Esta madre separada y auxiliar de clínica prosiguió a escribir ocho líneas de la triste canción. Un mensaje condujo a otro y los saludos de Pilar iban evolucionando desde «Hola Curro» -amistoso pero sin compromiso- hasta sus variaciones más cálidas: «Hola guapo» y «Hola cielo».

Cuatro meses más tarde, Curro y Pilar se habían visto en persona varias veces. Les costó hablar cara a cara al principio, pero superada la prueba del físico, se convirtieron en una estable ciberpareja, un reciente fenómeno cultural que recuerda a los fieles escritores de cartas de amor de antaño, pero con una importante diferencia: los ciberamantes no se han conocido, ni se han visto en fotos en el caso de Curro y Pilar, antes de empezar la correspondencia. Son citas a ciegas, pero tienen sus ventajas.

«Hablo muy deprisa y me puedo expresar mucho mejor escribiendo», explica Curro. «Te escudas detrás de la pantalla, y puedes hablar de temas -política, sexo, religión- que no podrías tratar cara a cara porque no tienes valor para expresarte así».

Hay muchas maneras de encontrar un ciberligue. La forma más directa es meterse, como hicieron Curro y Pilar, en una de las webs de contatos que proliferan en Internet. Como si de una carta de restaurante se tratara, se puede elegir un amante en potencia según la edad, ciudad de residencia, orientación sexual o profesión que uno quiera. Incluyen fotos, comentarios y hasta vínculos con páginas web personales.

Pero el bar de copas virtual más concurrido es el chat. Para los que aún creen que un ratón es una especie de roedor, un chat se refiere a una charla, entre dos o más personas, comprendida de mensajes enviados instantáneamente por Internet. En algunos casos (cuando hay muchas hormonas involucradas), tienen tan alto voltaje sexual que el acto se consuma sin que los ligones abandonen el teclado.

En otros, el proceso de la seducción se alarga aún más de lo habitual. Hay suspense, coqueteo y el encanto del anonimato. Gente casada finge ser soltera para realizar sus fantasías sin ser infiel (técnicamente). Los tímidos se transforman en seductores y todos padecen la agonía de la espera si su querido no contesta enseguida. Ella empieza a preguntarse: ¿He sido demasiado atrevida? ¿He metido la pata? El se preocupa: ¿La habré ofendido?...

Estas charlas virtuales se realizan en lo que se llama, lógicamente, una sala de chat, donde supuestamente se habla de intereses comunes: música, videojuegos, enfermedades, fútbol, cultura latina... Las conversaciones, como en cualquier bar de copas, suelen ser fatuas. «José dice: 'claro'. Julia dice: 'bueno, tú qué haces'.

Cuando las cosas se calientan, el Don Juan del teclado propone a su interlocutora -al menos el pobre cree que es una mujer; nunca se sabe- ir a un sitio donde hay menos gente. Se trata de entrar en un chat privado. Los comentarios, entonces, varían entre «¿Cómo eres?» y «¿De qué color son tus bragas?».

La ortografía suele ser, digamos, creativa. «Aquién k kiera ablar conmigo (privado)», reza un cibercomentario en el sutil canal Chat de Ligue. Algunos canales tienen nombres sugerentes, como Fantasía o Cupido, mientras otros mantienen pretextos no románticos: como La Bolsa, OVNI o Bohemios.

Francisco Cabrera, de 27 años, mantiene tres conversaciones a la vez en la pantalla de su ordenador, pero a uno de su interlocutores no lo ha visto nunca. Viene a este ciber en la Gran Vía dos o tres veces a la semana, y se queda chateando un par de horas. Lleva cinco años buscando el amor y la amistad en la Red.

Francisco es guapo, alto, extrovertido. Un buen amigo. Dentro de poco empezará estudios empresariales. ¿Por qué se tira tantas horas chateando?

«Soy gay», escribe en una hoja de papel para que los demás internautas en este cibercafe no se enteren de su preferencia sexual. Hace un mes, Francisco abandonó su pequeño pueblo para rehacer su vida en Madrid. Pero hasta entonces, su única manera de conectarse con la comunidad gay fue enchufar su ordenador y meterse en un foro o una sala de chat.

«Yo me preguntaba por qué yo, no entendía lo que sentía y no podía hablar abiertamente sobre el tema», recuerda. «En la Red, encontré a gente que tenía situaciones similares. Me recomendaban libros y decían, 'no te preocupes, eso nos pasa a todos'».

Gracias a la tecnología, Francisco encontró amigos gays en Australia, Inglaterra y otras partes del mundo. (Su ciberlengua es el inglés).«Tengo un amigo en Italia que todavía no conozco en persona, pero nos vemos por la webcam, y me ha presentado a su madre», dice.

Pronto más...

¡Carpe Diem!

Fuente: El mundo



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